El síntoma

“El viajero que camina en la oscuridad rompe a cantar para engañar a sus temores, pero no por ello ve más claro”  (Inhición, síntoma y angustia, Freud 1924).

El síntoma para el médico es muy distinto que para el psicólogo. En medicina el síntoma hace de signo y el objetivo del médico es eliminarlo. Pero en psicología los síntomas nos muestran mucho más que una información relativa a la enfermedad, nos hablan de la persona y de su malestar.

Los síndromes son cuadros clínicos formados por una agrupación de síntomas y de signos. Estos por si solos no nos dicen nada. Necesitamos comprender, entender, conocer a la persona que muestra el síntoma.

El síntoma puede ser entendido como la expresión de un conflicto psíquico y/o como una defensa para evitar la angustia. La mayoría de los síntomas son reconocibles para la persona que los padece, muchos de ellos nos sirven de soporte y nos ayudan en nuestro día a día; pero otros nos impiden disfrutar de la tranquilidad, se vuelven molestos e, incluso, limitantes.

Por supuesto, todos en algún momento hemos experimentado esa sensación tan desagradable como es la angustia, esta es inherente a nuestra condición humana. La angustia también puede ser entendida como una alarma, como una señal de peligro que nos avisa de que algo no va bien o que nos anticipa una pérdida, ya sea real o imaginaria. Estamos continuamente defendiéndose de esa angustia como sabemos y como podemos.

Desde la separación con nuestra madre vamos adquiriendo unas defensas que intentan preservar nuestro bienestar, buscando el placer y evitando el dolor. Las defensas nos aportan información sobre el grado de madurez de una persona y de su organización psíquica. Las defensas se van cambiando y modificando, cuanto más primitivas sean, normalmente menos eficaces y más consumo de energía y de recursos suponen. Y debido a que a veces el síntoma actúa como defensa, sería un error intentar suprimirlo sin darle su lugar y su significación. 

En terapia es importante prestar atención a la naturaleza de la angustia, a las defensas predominantes y al tipo de relaciones que estable el sujeto con los otros. Como observamos, las cosas tienen su por qué y su para qué.

Las pastillas nos sirven para alivian el dolor, funcionan como parches bloqueando el sufrimiento.  A veces, son necesarias como complemento para poder realizar un trabajo más profundo, pero por si solas no provocan ningún cambio.

Sigmund Freud fundó el psicoanálisis hace más de 100 años creando un método que buscaba aliviar el sufrimiento de sus pacientes a través de la palabra. Para que se produjera está curación, eran necesarios una serie de ingredientes. Elementos como la escucha, la palabra y la transferencia eran imprescindibles para que pudiera darse el cambio.

Freud, se dio cuenta de que muchos de los síntomas de sus pacientes desaparecían cuando  estos alcanzaban el insigth, es decir, cuando lo inconsciente se hacía consciente. Más tarde, también añadió que era necesaria la interpretación y la elaboración para que el tratamiento fuera efectivo y los síntomas desaparecieran de manera estable. Pero ademas observó que otros muchos síntomas acompañarían a la persona hasta el final, cumpliendo una función estabilizadora. 

El síntoma, con su condición dual, se nos presenta como conflicto y como defensa; como dolor y como satisfacción; como consciente y como insconsciente.

El síntoma es un mensaje deformado del inconsciente que nos habla del sujeto y de su historia.